A dieta forzosa

Ayer pude ponerme unos vaqueros de antes del embarazo. El mérito no es mío, no me he impuesto ninguna dieta, aunque es verdad que se me ha quitado de golpe el hambre voraz que tenía durante el embarazo, y solo hace una semana que he vuelto a mi clase de pilates. Pero es que el Cachorro no me deja comer.

Muchos padres cuentan que después de nacer sus hijos se pasan 2 ó 3 (ó 4!) años sin dormir toda una noche seguida. Pues en nuestro caso eso no es así, el Cachorro es un bendito que sólo se despierta una vez en toda la noche y se vuelve a dormir él solito en su cuna sin rechistar. Un ceporro que muchas noches duerme 6 horas seguidas desde antes de cumplir los 2 meses, así que en ese aspecto somos afortunados.

Pero las comidas son otra cosa. Este chiquillo tiene un detector que le avisa en cuanto nos sentamos delante de un plato de comida, y de inmediato empieza el llanto. Da igual que sea desayuno, comida o cena, una simple manzana a media mañana o una galleta para matar el hambre, él lo sabe y llora a grito pelado. Creo que desde que nació, el Padre del Cachorro y yo no nos hemos sentado juntos a la mesa ni una vez, nos vamos turnando para que uno coma mientras el otro lo atiende, con lo que uno de los dos come frío. A este paso no solo voy a perder todo el peso extra del embarazo en dos patadas, ¡es que me voy a quedar hecha una sílfide!

tantrum

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