Las pruebas de alergia

Como ya conté en un post anterior, el 4 de julio el Cachorro se despertó con unas décimas de fiebre y el principio de una erupción, que en poco tiempo se le extendió por todo el cuerpo hasta dejarlo como una gamba cocida. Y como el día 3 de julio le había dado a probar por primera vez el pescado, la pediatra dijo que era probable que se tratara de una reacción alérgica, y nos pidió cita urgente con el alergólogo. Y durante todo este tiempo no ha vuelto a probarlo. Además, como ese mismo día había en casa un bizcocho con nueces, por si acaso el Cachorro lo había tocado y se debía a eso, también hemos tenido especial cuidado con los frutos secos.

Ayer, 20 de septiembre, 2 meses y medio después, tuvimos por fin nuestra cita urgente, en el Hospital Universitario de La Paz, en Madrid. La verdad es que el hospital me dio la impresión de que se ha quedado un poco viejuno, con pasillos estrechos y laberínticos y con enfermeras que atienden a través de ventanillas de cristal esmerilado. Pero los profesionales son buenos, que es lo que importa.

Así que allí nos fuimos el Cachorro y yo, saliendo de casa con tiempo de sobra para estar allí puntualmente a las 11. Por suerte el hospital tiene su propio parking, que aunque es caro (pagué más de 8€ por unas tres horas) resulta muy cómodo. Llegamos a la zona de Alergología un cuarto de hora antes de la hora, y allí nos quedamos a pasar la mañana, en un pequeño recoveco al final de un pasillo con unas cuantas sillas de plástico y lleno de niños de todas las edades. Había una niña más pequeña que el Cachorro que debía estar allí por alergia a la leche, porque salió una enfermera con un biberón y le indicó a la madre que debía dárselo, pero que no la obligara, que tomara sólo lo que ella quisiera. También había otra niña, un poco mayor, tal vez de dos años ya, tomando su biberón. No sé si era el mismo caso, o simplemente es que le tocaba comer, pero la niña lloraba y lloraba, tenía arcadas y allí estaba la pobrecita con la cara manchada de leche y saliva y lágrimas y mocos, mientras su madre le gritaba enfadada, “¡Te lo tienes que tomar todo! ¡Venga!”. Me dio mucha pena aquella niña.

Al cabo de un rato nos llamaron y entramos a una de las consultas, donde una doctora me pidió que le contara lo que nos había llevado allí y me hizo un montón de preguntas. Que por donde le había empezado la erupción al Cachorro, que cuanto tiempo había pasado entre la comida y la reacción, que qué alimentación le daba, que si había tenido problemas respiratorios… Me pidió que le describiera la erupción, y como por suerte tenía fotos, se las enseñé.

Y entonces llegó la sorpresa. La alergóloga me dijo que no le parecía que hubiera sido una reacción alérgica. Me explicó que las alergias alimentarias se producen en la mesa, muy poco tiempo después de la ingesta del alimento en cuestión, mientras que en el caso del Cachorro pasaron unas 16 horas. Además la erupción le empezó a salir nada más despertarse, así que las 9 horas anteriores las había pasado durmiendo y sin comer nada. También me dijo que, una vez que se administra medicación, la erupción desaparece muy deprisa, mientras que al Cachorro le duró casi tres días. En su opinión aquello había sido un proceso vírico, poco habitual en el sentido de que no le dio fiebre, apenas unas décimas aquella mañana que se le pasaron en un ratito.

En cualquier caso y para asegurarnos nos dijo que le iban a hacer unas pruebas allí mismo. Salimos otra vez al pasillo y al ratito nos volvieron a llamar, a la sala de pruebas.

Allí lo tienen todo controlado. En seguida me dijeron cómo tenía que coger al Cachorro, sentado en  mi pierna izquierda y con su bracito derecho extendido. La enfermera le pintó unas marcas en el brazo y después le fue echando una gotita de cada cosa que querían probar: merluza, pez gallo, gamba, nuez y cacahuete. Despues la enfermera fue cogiendo una especie de cuchillas de afeitar estrechitas y acabadas en punta, y con cada una de ellas fue pinchando en una gota distinta, sin llegar a hacer sangre, apenas un puntito en la piel. Al principio creo que el Cachorro ni se dio cuenta de este ataque a traición, pero hacia el tercer pinchacito empezó a berrear a grito pelado. Y entonces vino lo difícil, porque a partir de ahí y durante 15 minutos yo tenía que sujetar al Cachorro en brazos y al mismo tiempo mantenerle ese brazo inmóvil, apartado del cuerpo, y fuera del alcance de la otra mano. Misión imposible. Por suerte había allí una niña ya mayor, de unos 12 ó 13 años, con los dos brazos llenos de puntitos llenos de ronchas, la pobre, y estuvo ayudándome a entretener al Cachorro ese ratito. Entonces volvimos a la consulta y la doctora lo confirmó: todas las pruebas eran negativas.

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Así que, con esa buena noticia, este fin de semana volveremos a probar el pescado. La verdad es que me da un poco de canguelo, a pesar de que he visto la prueba con mis propios ojos, pero lo voy a probar. Será un alivio saber que nos hemos librado de ese peligro.

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