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El temible rotavirus

Cuando nació el Cachorro ya desde las primeras visitas su pediatra empezó a hablarme de las vacunas que le debía poner, y me aconsejó que le pusiera la del rotavirus. Me explicó que es un virus que causa unas gastroenteritis muy severas, que casi siempre acaban en hospitalización, y que si podía permitírmelo (tres dosis a 70€ cada una hacen un total de un dineral) ella recomendaba ponerla. No me lo pensé dos veces y le dije que adelante, Rotatek para el Cachorro al precio que fuera.

Aunque han pasado muchos meses, todo esto viene a cuento porque hace un mes el Cachorro pilló un rotavirus.

Después de varias semanas sin ir a la guardería, recuperándose de la última tanda de problemas digestivos, por fin el Cachorro había vuelto a su clase. Y cuatro días más tarde, vuelta a empezar. El viernes al recogerlo su profe me advirtió de que había hecho dos cacas muy malas, y al llegar a casa empezaba a subirle la fiebre, que esa noche llegó a 38.5 y a la mañana siguiente a 39.5, a pesar de estar tomando apiretal e ibuprofeno cada tres horas.

El sábado fue el día grande, con una diarrea continua que nos hizo llevarlo a urgencias. El primer diagnóstico fue simplemente gastroenteritis, había que controlar la fiebre como ya estábamos haciendo y procurar que tomara más líquidos de los que perdía con las deposiciones. Total, que por la tarde tuvimos que volver, porque bastaba con darle un sorbito de suero para que saliera todo por el pañal a los tres segundos, algo incontenible.

La segunda vez en urgencias al Cachorro ya le sacaron sangre para un análisis y de paso le dejaron una vía puesta por si luego hacía falta darle suero. Dos horas más tarde llegaron los resultados: deshidratación. Y la causa, el dichoso rotavirus.

Me sorprendió, puesto que el Cachorro tiene todas las dosis de la vacuna ya puestas, pero según me dijo la pediatra eso no aseguraba la inmunidad, aunque al menos hacía que el caso fuera muchos menos grave que si no la tuviera. Al final pasó el fin de semana ingresado en aislamiento, pero seguramente habrían sido 15 sin la vacuna, así que fue una buena decisión.

Por fin el lunes, hidratado y sin fiebre, le dieron el alta, y una serie de instrucciones sobre la dieta recomendada durante los próximos días: arroz, zanahorias, patatas cocidas, pollo… Evitar los fritos, el exceso de grasa y el exceso de azúcar. De sentido común, vamos. Por eso es más sangrante aún el contraste con la comida que le daban al Cachorro en el hospital.

A nosotros nos correspondería el hospital de Alcalá de Henares, pero como en la Comunidad de Madrid se puede ir al que uno quiera, normalmente vamos al de Torrejón de Ardoz, que está más cerca de casa, es más nuevo y en general tiene menos gente en Urgencias. En esta ocasión hicimos así, y tengo que decir que la atención fue buena. Los pediatras, enfermeros y en general todo el personal sanitario fueron en general atentos y amables, incluso la señora de la limpieza le trajo unos juguetes al Cachorro para distraerlo, al ver que el pobre estaba harto de estar encerrado. Pero la comida, menuda basura.

El Hospital Universitario de Torrejón de Ardoz es uno de esos de gestión privada que tenemos en la Comunidad de Madrid. No de los primeros que hizo Espe, sino de los que vinieron después siguiendo su ejemplo, con la lamentable excusa de que la gestión privada era más eficiente. Pues señores gestores públicos, si no saben hacerlo mejor, no se presenten al cargo, pero no le regalen los servicios públicos a las empresas de sus amigotes. Porque luego esas empresas a lo que se dedican no es a proporcionar un servicio de calidad, sino a enriquecer a susodichos amigotes. Así que un hospital, aunque el personal pueda ser estupendo, es malo si proporciona a sus pacientes una comida espantosa. Y además parecen incapaces de ver la diferencia entre un niño de año y medio que está empezando a comer sólidos y un niño ya mayor. Si el Cachorro al salir de allí debía hacer una dieta de arroz y pollo y evitar los fritos no entiendo que durante su ingreso le dieran empanadillas precocinadas con patatas fritas, o pasta con tomate frito de bote. Cuando sugerimos que tal vez comería mejor una tortilla francesa le trajeron un ladrillo de huevina cuajado de bodoques de jamón cocido (es un decir, aquello sabía a bacon). Al Cachorro le bastó un simple vistazo para cerrar la boca y pasar del tema.

Además, al tratarse de uno de esos hospitales estrella de trato esmerado de los que presume nuestra amiga del  “hola, majete”, traían también una bandeja de comida para el acompañante del enfermo, lo cual sería un magnífico detalle, es verdad… si fuera comestible. La única cualidad que se le podría atribuir a la comida es que desde luego parece muy barata. Supongo que es lo que se entiende por “gestión eficaz”.

Otro ejemplo: la limpieza. Estando aún en Urgencias el Cachorro manchó la sábana de la cama al cambiarlo de pañal. Una gotita, pero la manchó, así que un auxiliar extendió un empapador grande sobre la sábana y colocó al niño encima. Como medida provisional, vale. Pero esto fue el sábado por la noche, y en esa misma cama lo subieron a planta. Las mismas sábanas las tuvo todo el domingo, y el lunes por la mañana, como ya figuraba que era probable que le dieran el alta, tampoco se las cambiaron. Así que pasó todo el fin de semana con unas sábanas no solo sucias, sino altamente contagiosas.

La próxima vez que tenga que ir a Urgencias me voy a pensar mucho a qué hospital ir. La próxima vez que tenga que ir a votar no lo tengo que pensar nada, por suerte hace tiempo que lo tengo muy clarito.

 

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Boca mano pie, segundo round

Ayer a primera hora llevé al Cachorro a sacarle sangre para los análisis genéticos de intolerancia al gluten. Hacía un frío horroroso tan temprano, así que íbamos como el muñeco de Michelín, hechos unas bolas de ropa y bufandas.

Nos atendieron muy rápido, porque a los niños siempre los pasan los primeros. La enfermera que lo iba a pinchar estuvo un buen rato buscando una vena antes de pincharlo, mientras el Cachorro ya iba calentando los pulmones, viendo lo que se avecinaba. Finalmente la enfermera lo pinchó, mientras otro compañero suyo le sujetaba el bracito. Pero al parecer no lo hizo con la suficiente fuerza, seguramente porque le daba miedo hacerle daño, así que se movió y dejó de salir la sangre. Así que la enfermera lo echó de allí y mandó venir a otra, que seguramente no tenía piedad, y lo pincharon de nuevo en el otro brazo. A todo esto, el Cachorro llorando a grito pelado, por supuesto.

Total, que después del mal trago, cuando volvimos a casa el Cachorro se quedó dormido, lo que no me pareció raro, que los berrinches cansan un montón. Pero después de dos horas de siesta se despertó malhumorado y muy flojito, y quería seguir durmiendo. No quiso comer nada, así que lo llevé a la pediatra, porque no se estaba comportando de forma normal.

Ya lo he comentado en alguna otra ocasión, que no comprendo cuando la gente dice que es bueno mandar a los niños a la guardería porque allí se contagian de todo y así se inmunizan. Ponerse enfermo para después no ponerse enfermo no me parece ninguna ventaja, será porque soy de ciencias pero para mí la suma es cero. Y además en muchos casos, ni eso. Porque resulta que el Cachorro, por segunda vez en un mes, tiene el virus boca mano pie. Yo me quedé muy sorprendida cuando la pediatra me dio el diagnóstico, que por otra parte está muy claro puesto que tiene las ampollitas en la boca. Le dije que ya lo había tenido, y ella me contestó que de este virus no se inmunizan y que lo pueden coger un montón de veces.

Así que ayer el Cachorro se pasó todo el día durmiendo y sin querer comer apenas nada, pero hoy se ha levantado ya mucho mejor y ha estado generando caos a su ritmo habitual. Y yo estoy aún más convencida de que las guarderías son un mal necesario que las leyes de conciliación espantosas e insuficientes que tenemos en este país nos obligan a aceptar, pero que los niños, tan pequeñitos, están mucho mejor en su casa.

Cita con la especialista de Digestivo

Hace ya meses que el Cachorro tiene problemas digestivos, como ya conté aquí. Haciendo un resumen, llevamos desde el mes de julio con diarreas continuas, pidiendo a la pediatra que nos derivara al especialista. Primero eliminamos el gluten de la dieta y mejoró algo, y ya al final, por pura desesperación, eliminé también la lactosa, y ahí sí que se notó un cambio.

La última vez que hablé de este tema estábamos esperando los resultados del test de la celiaquía, que salió negativo. Y ahí ya por fin la pediatra accedió a derivarnos a Digestivo, después de tres meses pidiéndoselo. No sé por qué se comportan como si alguien les fuera a llamar la atención por enviar a un niño al especialista, pero no me parece normal. Además, una vez que el pediatra pide la cita luego hay que esperar un siglo para finalmente tener la cita. En nuestro caso nos la pidieron la primera semana de noviembre, y nos llamaron para darnos cita el 15 de diciembre.

Por supuesto, los días iban pasando y el Cachorro seguía con sus diarreas intermitentes, completamente líquidas y sin querer comer nada, así que en una de esas me planté en Urgencias, y por una vez tuvimos un golpe de suerte. ¡La doctora que nos atendió era especialista en Digestivo!

Por supuesto, me dijo que el que yo estuviera desesperada porque el niño estaba pálido y delgadísimo no era motivo para ir a Urgencias, sobre todo teniendo ya una cita con el especialista, pero ya me debió ver al borde de las lágrimas y se apiadó de nosotros. Me mandó hacer un cultivo para el que tenía que recoger muestras de heces de tres días alternos, para descartar bacterias o parásitos. Además le recetó al Cachorro un antibiótico y probióticos, para asegurarnos de que no fuera todo una gastroenteritis mal curada. ¡Y nos adelantó la cita dos semanas!

Hace dos días que nos atendió, y allí me presenté yo con mi calendario de cacas y con todo lo que comía el Cachorro anotado en una libreta, con lo que la doctora ya me miró con cara rara. Nos confirmó que el cultivo había dado negativo, así que ni infecciones ni parásitos. Las pruebas de celiaquía que nos mandó la pediatra, al llevar el Cachorro pocos días tomando gluten, no eran fiables. Pero como está el pobre tan flaquito yo me he negado a volver a dárselo para repetirlas. En apenas 6 meses su peso ha pasado del percentil 60 al 25, y ahora hace apenas dos semanas que está comiendo bien, así que no me da la gana de estropearlo.

Por suerte la doctora fue comprensiva y nos ofreció una alternativa. Dentro de un mes le harán un test genético, para el que no necesita estar tomando gluten ni lactosa para que el resultado sea fiable. Y un mes después, que es lo que tardan los resultados, volveremos a consulta. Mientras tanto seguiremos con dieta estricta sin gluten ni lactosa, como si estuviera confirmado que el Cachorro es celíaco. Después, ya veremos.

Esto nos da dos meses para recuperar peso y energías, que al pobre le hacen falta. En algún momento de las próximas semanas, cuando lo vea más gordito, empezaré a darle leche de vaca sin lactosa en lugar de la de continuación, que es carísima, pero por ahora no tengo prisa. El Cachorro lleva dos semanas sin diarrea y comiendo como una lima, y ya empieza a tener mejor color, así que no vamos a estropearlo por correr.

Ahora me queda la tarea de coger todas mis recetas de repostería y buscar alternativas a la harina de trigo. Empiezo ahora mismo.

El virus de boca, mano, pie

Ayer por la tarde teníamos cita con la pediatra y con la enfermera del Cachorro. Con la pediatra para revisarle los oídos, después de una semana de gotas, y con la enfermera para ponerle la vacuna de la varicela, que toca a los 15 meses. A media tarde me llamaron del centro de salud para avisarme de que se habían quedado sin la vacuna, para que me ahorrase el paseo, pero les dije que me parecía que iba a tener que ir igual: el Cachorro tenía una temperatura de 39º.

A lo largo de esta semana la clase del Cachorro en la guardería ha ido perdiendo niños, uno o dos cada día, a los que enviaban a casa con fiebre alta. Ayer quedaban cinco niños, de un total de 13. Y claro, a mediodía recibí la llamada fatídica: el Cachorro tenía unas décimas de fiebre. Por si los problemas de intolerancia alimentaria del Cachorro fueran pocos, nos acaba de tocar un premio en forma de virus: el boca, mano, pie.

La verdad es que hasta que tuve al Cachorro no había ni oído hablar de este virus, ni había conocido a nadie que lo hubiera tenido, pero parece que es muy común. La enfermedad produce unas ampollitas muy dolorosas dentro de la boca, y a veces también en las manos y los pies (de ahí el nombre, evidentemente). Da fiebre y los niños se ven muy decaídos y quejosos, y dura alrededor de una semana. Lo único que se puede hacer es tratar los síntomas, con Apiretal para la fiebre y un spray calmante para la boca. Comidas no muy calientes o incluso frías, y nada de frutas ácidas, se salva el plátano y poco más.

En condiciones normales es un fastidio y una pena, porque los niños pasan mucho dolor, pero en nuestro caso aún es peor, porque con el dolor de las ampollas de la boca los niños no quieren comer. Como si el Cachorro no estuviera lo bastante flaquito con sus problemas digestivos, solo nos faltaba una semana más comiendo mal. Ayer ya nos dijeron en la guardería que no había querido comer mucho, aunque por suerte para cenar se tomó un poco de tortilla y su biberón hasta los topes.

Hoy se ha despertado bastante contento y sin fiebre, pero ya se le ven las ampollas hasta en la lengua, aunque por ahora no tiene nada ni en las manos ni en los pies. Esperemos que no vaya a más.

Intolerancia alimentaria, pero ¿a qué?

Hoy toca hablar de caca. No es que sea un tema que me guste, que yo soy de lo más escrupulosa y creo que esas cosas deben quedar en la intimidad del cuarto de baño de cada uno. Pero como tengo un Cachorro que lleva pañales, y los llevará todavía muchos meses más, su higiene en ese aspecto depende totalmente de mí. Y es una tarea que es muchísimo más fácil e infinitamente menos sucia cuando el Cachorro está sano.

Al final del curso pasado el Cachorro dejó la guardería rollizo, con un par de mofletes bastante notables y unas piernotas a las que daban ganas de darles un bocado. Pesaba 9 kg y aunque nunca ha sido un bebé gordo, se lo veía bien alimentado.

Pero los michelines le duraron poco. En primer lugar, siempre ha sido difícil hacer que coma en casa, rechaza de plano las papillas y solo quiere leche, mientras que en la guardería siempre me dicen que se pone morado y que se abalanza sobre la cuchara. Pero aún así, mal que bien, iba comiendo algo, a veces en trocitos, otras en papilla y casi siempre complementado con un biberón con cereales. Y siempre, cada pocos días de deposiciones normales, empezaba con unas cacas muy blandas, amarillentas y ácidas, no más frecuentes de lo normal pero que a todas luces no eran normales.

Empecé a sospechar que era el gluten lo que le hacía daño, así que cuando empezaba con las cacas feas sustituía los cereales normales por cereales sin gluten, hasta que volvía a mejorar, cosa que no parecía ocurrir siempre. También pensé que tal vez era por llevar una dieta tan líquida, ya que al no ir a la guardería tomaba casi exclusivamente leche.

Y llegó septiembre, y la vuelta a la guardería, con sus papillas deliciosas desde el punto de vista del Cachorro, pero la cosa seguía igual, casi todos los días lo tenían que cambiar de ropa porque se manchaba. Seguíamos con dieta sin gluten, e incluso le retiré el yogur para bebés que tomaba en la merienda por si acaso tenía algo que ver, pero nada. Así que nos fuimos a ver a su pediatra para pedirle que le hicieran las pruebas de intolerancia al gluten.

Esta prueba consiste en un análisis de sangre, para detectar si hay presencia de los anticuerpos que generan los intolerantes ante la presencia de gluten en la dieta. Vamos, que el paciente tiene que estar tomando gluten para que el análisis sea fiable, y aún así es fácil que se produzca un falso negativo. Otra opción, que no cubre la seguridad social, es el análisis genético, que se hace sobre una muestra de saliva, y detecta la predisposición genética a padecer esta intolerancia, y que ya estoy averiguando dónde hacer. Y ya como último recurso queda la biopsia, que se realiza mediante gastroscopia. Y que va a ser que no le voy a hacer al Cachorro bajo ningún concepto, antes de eso le quitaría el gluten de la dieta y punto.

Estábamos en este punto, con el Cachorro empezando a tomar gluten otra vez en preparación para el análisis, cuando ya para rematar la faena pilló una gastroenteritis. Las deposiciones ya no eran blandas, sino líquidas, y llegamos a ensuciar cuatro pañales en un único cambio: lo limpiaba, le ponía el pañal limpio debajo, hacía más caca, lo limpiaba, le ponía el pañal limpio, hacía más caca…

Tras muchísimo suero con sabor a fresita, eliminar otra vez el gluten de la dieta y varios días con todas las ventanas abiertas, el Cachorro volvió a una única caca al día, pero sin terminar de mejorar por completo, así que el viernes pasado la pediatra nos ha mandado hacer un cultivo, para descartar una infección bacteriana, y hemos aplazado la prueba del gluten hasta el jueves. El cultivo, debido a que venía el fin de semana y hoy lunes es festivo local no se lo harán hasta mañana martes.

Llegó el fin de semana y continuó con la misma tónica, con deposiciones blandas o casi líquidas, así que el sábado por la noche me fui a una farmacia de guardia y compré un bote de leche de continuación sin lactosa. Se la di esa noche y a la mañana siguiente, y un rato después del desayuno el Cachorro hizo caca… normal. ¡Por primera vez en semanas!

No sé si el Cachorro tendrá intolerancia a la lactosa, o si es un caso de intolerancia secundaria. Esto se produce cuando el paciente ya tiene el intestino muy irritado por otra causa, y durante ese tiempo además de lo que ya tenía no es capaz de digerir la lactosa. O tal vez sea casualidad, o que la gastroenteritis le duró más tiempo de lo normal, o yo que sé. La cuestión es que mientras funcione, yo voy a seguir dándole leche sin lactosa. Hoy ha empezado a tomar otra vez gluten en preparación para el análisis del jueves, y mañana llevaremos su muestra de heces para hacer el cultivo, para así cubrir todos los frentes, y haremos más pruebas hasta encontrar el problema. Pero el caso es que ya lleva dos días sin diarrea, y con mucho más apetito.

Y con esto espero que se acaben los posts escatológicos por una buena temporada, por lo menos hasta que nos toque dejar los pañales.

 

Las pruebas de alergia

Como ya conté en un post anterior, el 4 de julio el Cachorro se despertó con unas décimas de fiebre y el principio de una erupción, que en poco tiempo se le extendió por todo el cuerpo hasta dejarlo como una gamba cocida. Y como el día 3 de julio le había dado a probar por primera vez el pescado, la pediatra dijo que era probable que se tratara de una reacción alérgica, y nos pidió cita urgente con el alergólogo. Y durante todo este tiempo no ha vuelto a probarlo. Además, como ese mismo día había en casa un bizcocho con nueces, por si acaso el Cachorro lo había tocado y se debía a eso, también hemos tenido especial cuidado con los frutos secos.

Ayer, 20 de septiembre, 2 meses y medio después, tuvimos por fin nuestra cita urgente, en el Hospital Universitario de La Paz, en Madrid. La verdad es que el hospital me dio la impresión de que se ha quedado un poco viejuno, con pasillos estrechos y laberínticos y con enfermeras que atienden a través de ventanillas de cristal esmerilado. Pero los profesionales son buenos, que es lo que importa.

Así que allí nos fuimos el Cachorro y yo, saliendo de casa con tiempo de sobra para estar allí puntualmente a las 11. Por suerte el hospital tiene su propio parking, que aunque es caro (pagué más de 8€ por unas tres horas) resulta muy cómodo. Llegamos a la zona de Alergología un cuarto de hora antes de la hora, y allí nos quedamos a pasar la mañana, en un pequeño recoveco al final de un pasillo con unas cuantas sillas de plástico y lleno de niños de todas las edades. Había una niña más pequeña que el Cachorro que debía estar allí por alergia a la leche, porque salió una enfermera con un biberón y le indicó a la madre que debía dárselo, pero que no la obligara, que tomara sólo lo que ella quisiera. También había otra niña, un poco mayor, tal vez de dos años ya, tomando su biberón. No sé si era el mismo caso, o simplemente es que le tocaba comer, pero la niña lloraba y lloraba, tenía arcadas y allí estaba la pobrecita con la cara manchada de leche y saliva y lágrimas y mocos, mientras su madre le gritaba enfadada, “¡Te lo tienes que tomar todo! ¡Venga!”. Me dio mucha pena aquella niña.

Al cabo de un rato nos llamaron y entramos a una de las consultas, donde una doctora me pidió que le contara lo que nos había llevado allí y me hizo un montón de preguntas. Que por donde le había empezado la erupción al Cachorro, que cuanto tiempo había pasado entre la comida y la reacción, que qué alimentación le daba, que si había tenido problemas respiratorios… Me pidió que le describiera la erupción, y como por suerte tenía fotos, se las enseñé.

Y entonces llegó la sorpresa. La alergóloga me dijo que no le parecía que hubiera sido una reacción alérgica. Me explicó que las alergias alimentarias se producen en la mesa, muy poco tiempo después de la ingesta del alimento en cuestión, mientras que en el caso del Cachorro pasaron unas 16 horas. Además la erupción le empezó a salir nada más despertarse, así que las 9 horas anteriores las había pasado durmiendo y sin comer nada. También me dijo que, una vez que se administra medicación, la erupción desaparece muy deprisa, mientras que al Cachorro le duró casi tres días. En su opinión aquello había sido un proceso vírico, poco habitual en el sentido de que no le dio fiebre, apenas unas décimas aquella mañana que se le pasaron en un ratito.

En cualquier caso y para asegurarnos nos dijo que le iban a hacer unas pruebas allí mismo. Salimos otra vez al pasillo y al ratito nos volvieron a llamar, a la sala de pruebas.

Allí lo tienen todo controlado. En seguida me dijeron cómo tenía que coger al Cachorro, sentado en  mi pierna izquierda y con su bracito derecho extendido. La enfermera le pintó unas marcas en el brazo y después le fue echando una gotita de cada cosa que querían probar: merluza, pez gallo, gamba, nuez y cacahuete. Despues la enfermera fue cogiendo una especie de cuchillas de afeitar estrechitas y acabadas en punta, y con cada una de ellas fue pinchando en una gota distinta, sin llegar a hacer sangre, apenas un puntito en la piel. Al principio creo que el Cachorro ni se dio cuenta de este ataque a traición, pero hacia el tercer pinchacito empezó a berrear a grito pelado. Y entonces vino lo difícil, porque a partir de ahí y durante 15 minutos yo tenía que sujetar al Cachorro en brazos y al mismo tiempo mantenerle ese brazo inmóvil, apartado del cuerpo, y fuera del alcance de la otra mano. Misión imposible. Por suerte había allí una niña ya mayor, de unos 12 ó 13 años, con los dos brazos llenos de puntitos llenos de ronchas, la pobre, y estuvo ayudándome a entretener al Cachorro ese ratito. Entonces volvimos a la consulta y la doctora lo confirmó: todas las pruebas eran negativas.

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Así que, con esa buena noticia, este fin de semana volveremos a probar el pescado. La verdad es que me da un poco de canguelo, a pesar de que he visto la prueba con mis propios ojos, pero lo voy a probar. Será un alivio saber que nos hemos librado de ese peligro.

La primera visita a urgencias

Creo que hemos tenido mucha suerte de que la primera visita del Cachorro a urgencias se haya producido con 11 meses ya cumplidos. Hasta ahora ha sido un bebé sano que apenas ha tenido nada aparte de algún virus de guardería que se ha curado en pocos días. Pero tarde o temprano tenía que tocar, y ayer fue el día.

El Cachorro tuvo otitis hace casi dos semanas, por segunda vez en un mes, así que la pediatra le pautó la medicación (Amoxicilita cada 8 horas, acompañada de Otix, unas gotas antibióticas. Al terminar el tratamiento teníamos que volver para ver si la infección había remitido, pero como aún se le veía alguna secreción en el oído izquierdo seguimos con las gotas 5 días más, y la pediatra tomó una muestra para analizar.

El jueves llegó el resultado del cultivo: dio positivo en pseudomona aeruginosa, una bacteria resistente a la mayoría de antibióticos, sensible solo a algunos de uso hospitalario. La pediatra volvió a examinarlo y parecía estar mejor, pero nos recomendó ir al otorrinolaringólogo, y ella misma se encargó de buscar la cita más próxima en los hospitales de la zona. Finalmente conseguimos una para el 3 de agosto, lo que implicaba una espera de más de dos semanas. Le dije a la pediatra que me parecía demasiado tiempo, y que si no había otra opción, buscaría un otorrino pediátrico privado y lo llevaría.

La pediatra me dijo que esperase, que al día siguiente ella llamaría al hospital y hablaría con los otorrinos, a ver qué nos aconsejaban, que la infección podía haber remitido desde que le tomó la muestra y que como el Cachorro parecía estar bien y no tenía fiebre podíamos permitirnos esperar.

Pero esa noche el Cachorro ya se despertó varias veces, que es lo que le pasa siempre que le duele el oído, y le volvió a supurar, así que volvimos a la consulta. Esta vez la pediatra directamente nos derivó a urgencias, al mismo hospital donde teníamos la cita con el otorrino. Allí lo vio la pediatra de urgencias, que confirmó lo que ya sabíamos: no había más antibióticos que los de uso hospitalario y algún colirio para los ojos, y eso fue lo que le pautaron. Tres inyecciones, una al día durante tres días seguidos, y unas gotas de Gentadexa, que se podían prolongar incluso un mes. Y además consiguieron adelantar la visita al otorrino al lunes, con lo cual él podrá decidir si es necesario hacerle un lavado del oído.

La primera inyección se la pusieron allí mismo, y el Cachorro, que hasta entonces había aguantado los exámenes estoicamente, lloró a mares, y cuando se acabó miró a la enfermera con cara de “sé que fuiste tú, so malvada”. Debió de dolerle un montón porque luego le quedó una bola enorme en la pierna que aún se le nota hoy.

Esta tarde y mañana volveremos al hospital para ponerle las inyecciones restantes, y con un poco de suerte esta vez sí que conseguiremos matar al bicho.

Estoy pensando en hacerle un seguro privado al Cachorro. Si hasta ahora no lo he hecho es porque ha sido un bebé muy sano, y sobre todo porque estoy contentan con la pediatra de nuestro Centro de Salud, que es muy amable y concienzuda. Ayer incluso llamó por la noche para preguntar cómo nos había ido en urgencias, y eso es algo difícil de encontrar. Pero ya son dos citas con especialistas que nos dan para tardísimo, ésta y la del alergólogo para septiembre. Creo que merece la pena el gasto.